Desde pequeño la tartamudez para mí y mi familia fue un tema a sobrellevar para ellos (siempre delicadamente), y para mí con miedo y casi sin paciencia. Aunque no tengo muchos recuerdos de mi preescolar, mi madre se encargó de decirme que hacían por mí. Primer día de clases en nuevo colegio, ella hablaba con mi profesora: "mi pupilo tiene dificultades para hablar, no se relaciona mucho, más bien es un poco hiperactivo", etcétera. En síntesis, llega un problema, o al menos así lo veía yo en ese momento.

Dejaron de incluirme en sus trabajos grupales, porque claro, no hablaba casi nada en las presentaciones y además sumémosle el grado de hiperactividad.

Para una persona con tartamudez nerviosa el primer día de clases, sea de preescolar, colegio o Universidad, es "Ho-rri-ble". El tener que presentarse o contar que hiciste en las vacaciones es un martirio, aún tengo recuerdos de los pensamientos que tenía en quinto básico: "Diré que salí cerca de Santiago, para no levantar sospechas, a la playa, y si me vuelven a preguntar, exclamaré con nerviosismo, para que dejen de preguntarme... Las cruces, perfecto". Y aunque mentía en eso sólo para encontrar la palabra que me hacía sentir menos observado, y a su vez que podía decir. Me sentía igual a ellos al decirlo sin tartamudear casi, o al menos eso pensaba. No tardaba en llegar el día de la disertación, presentación oral. o preguntas rápidas en el aula. Frente a este nerviosismo me había propuesto tartamudear, ¿qué más podía pasar?, mis compañeros eran geniales, o al menos algunos. Y paso lo que todo niño no quiere que le pase, sentirse inferior solo por un defecto. Dejaron de incluirme en sus trabajos grupales, porque claro, no hablaba casi nada en las presentaciones y además sumémosle el grado de hiperactividad. Para mí los trabajos eran, hacerlo rápido o entrar en el mundo de espera y aburrimiento, entonces hacía todo rápido y comenzaba a molestar a mis pares.

Luego de esa situación, comencé a fijarme en las personas, sus movimientos, gestos, y caretas, cada vez que me sometía a entablar una conversación. Esa escena no fue la única en el colegio, hubieron algunas otras, las cuales lentamente iban a explotar algún día.

Ya llegando a sexto básico, a mi familia se le metió en la cabeza que debía entrar a un nuevo colegio, el Liceo Nacional de Maipú. Yo no quería, pero casi que me dijeron que el colegio era excelente, y tenían razón, pero para mí era algocomo: "colegio nuevo, nuevos amigos, nuevas caras, nuevos profesores, nuevas charlas, nuevo todo". Justamente aquí fue donde los problemas comenzaron. Me llevaba mal con la mayoría de mis compañeros, porque lamentablemente no sabía comportarme. En una exposición de ciencias, un compañero me molestó toda la disertación que tanto había ensayado en mi casa, oración por oración, buscando no tartamudear casi en lo absoluto, pero ese día no me fijé en las palabras o frases, sino en la cara de risa del profesor; y ahí comenzó el miedo. Anterior a eso nunca me fije en las personas cuando hablaba, sentía una conexión, pero no le tomaba el peso. Luego de esa situación, comencé a fijarme en las personas, sus movimientos, gestos, y caretas, cada vez que me sometía a entablar una conversación. Esa escena no fue la única en el colegio, hubieron algunas otras, las cuales lentamente iban a explotar algún día.

En la carrera me significó perder muchos grupos de trabajo en algunas oportunidades y más de algún rojo en disertación, pero nunca olvidaré el trauma que me hizo pasar un profesor, al exponerme en una sala repleta de gente a mi alrededor y pedirme disertar, mas bien, obligarme, lo odié.
 Fernando Cardemil, 24 años. Santiago, Chile.

Fernando Cardemil, 24 años.
Santiago, Chile.

Al llegar a la Universidad, se repetía el miedo, y ahí tuve que aclimatarme, buscar mi lugar y mis amigos. No fue fácil; la fase universitaria en cuanto a presentaciones se refería para mí era lamentable, pero tuve buenos compañeros que supieron ayudarme en cuanto al "tema" significase. Aquí vinieron los profesores, con los cuales lo más cercano que tenia a mi enfermedad era un: "tranquilo, a mi igual me pasaba", "respira hondo y continúa", "al termino de clase hablamos". En la carrera me significó perder muchos grupos de trabajo en algunas oportunidades y más de algún rojo en disertación, pero nunca olvidaré el trauma que me hizo pasar un profesor, al exponerme en una sala repleta de gente a mi alrededor y pedirme disertar, más bien, obligarme, lo odié. En ese momento me dí cuenta que todo este rollo era sicológico y que nadie podría callarme, claro, si yo quisiera.

Yo creo que la tartamudez nerviosa depende de la confianza de un tartamudo. El atreverse a hablar en público no debería ser visto como una obligación, sino como algo normal, sé que muchos tartamudos me entenderán.

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